La hemos escuchado muchas veces. Cuando eres joven tienes fuerza, rapidez, explosividad… y cuando te haces mayor parece que lo que te queda es la experiencia y la capacidad de aguantar.

Yo también pensaba así.
Hasta que me tocó vivirlo de otra manera.
Tenía 39 años y estaba compitiendo en una prueba que se decide en segundos. No era una prueba de resistencia. Al contrario. Necesitaba fuerza, velocidad y explosividad. Y acabé subiendo al podio olímpico como subcampeona olímpica. Con 39 años. En mis sextos Juegos Olímpicos, en los que me convertí en la primera mujer española en participar en 6 JJOO (después llegaron los séptimos).

Y la verdad es que aquello me hizo replantearme muchas cosas.
Porque, ¿quién decidió que la explosividad tiene una edad? ¿Por qué damos por hecho que a partir de cierta edad sólo podemos aportar experiencia, pero no velocidad, fuerza o capacidad para sorprender? Habrá estudios, evidencia científica… pero la realidad es que yo siempre me guié de lo que mis ojos podían ver, no de aquello que alguien me pudiese decir. Y mis ojos veían en cada entrenamiento una mejora de los tiempos, de la arracada, mejora de fuerza. Conclusión: a mis 39 años estaba más fuerte y más rápida que nunca.
Con los años, evidentemente, mi cuerpo había cambiado. No tenía el mismo cuerpo que cuando tenía 20 años. Pero también había aprendido a conocerlo mucho mejor.
Sabía cuándo tenía que apretar y cuándo no. Sabía dónde estaba mi límite en cada entreno, pero mi límite en mi carrera deportiva todavía estaba por descubrir. Y sabía que, cuando llegaba el momento, podía darlo todo sin dudar tanto como antes.
Mi explosividad, no sólo no era como a los 20. Sino que era mejor. Registré mi mejor marca personal en 200 metros, en la final de los Juegos Olímpicos de Tokyo 2021.
Y creo que ahí está la clave.
A veces pensamos que hacerse mayor significa perder capacidades, cuando en realidad algunas simplemente cambian. Quizá ya no haces las cosas de la misma manera, pero has aprendido otras que antes no tenías.
Por eso ahora, intento tener cuidado con esas frases que nos dicen, cómo deberíamos ser dependiendo de nuestra edad.

Porque cuando escuchas durante mucho tiempo que algo ya no es para ti, es fácil que acabes creyéndotelo. Y entonces ni siquiera lo intentas.
Yo tuve la suerte de poder comprobar que aquella frase no era del todo cierta. Creí en lo que mi cabeza me decía, más que los titulares que podía leer o escuchar.
No sé si se trata de luchar contra la edad o de demostrar que se puede hacer todo a cualquier edad. No creo que sea eso.
Creo que se trata, simplemente, de no decidir demasiado pronto de lo que somos capaces. Si crees, se trata de al menos intentarlo y darte la oportunidad. Aunque a priori, todo ¨lo tengas en contra¨.
Porque quizá el límite no está siempre en el cuerpo. A veces está en la idea que tenemos de nosotros mismos.
Teresa


