Hay un momento en el que dejas de ser “la joven promesa” y nadie te avisa. Un día sorprendes. Al siguiente, ya eres la que “todavía aguanta”. Como si aguantar veinticinco años en la élite mundial fuera poco.
El deporte de élite ama lo nuevo, lo que aún no se ha demostrado. Le fascina lo que promete, lo que es novedad; no lo que ya cumplió. Yo llevo cumpliendo desde hace más de dos décadas, y cada ciclo olímpico me hacen la misma pregunta, dicha de mil formas distintas:
¿Hasta cuándo?
Siento que nadie pregunta eso con mala intención. Pero detrás de la pregunta hay una idea que duele un poco: que el tiempo de una, ya debería haberse acabado. Que seguir ahí, después de tantos años es como una anomalía que hay que explicar. Siento que en muchísimas ocasiones es una pregunta hecha desde la admiración, pero siempre requiere de una justificación de por qué todavía sigo (cuando lo ¨normal¨ que se había vivido hasta ahora, sería que llegado a una edad dejase de ser deportista de élite).
Eso es lo que se repitió durante años, lo que vemos; por lo tanto, lo ¨normal¨. Y yo no estoy siguiendo esa dinámica por muchas razones. Entre ellas, porque mi rendimiento tanto físico como mental está todavía para rendir al más alto nivel. Y qué pasa con lo que se sale de lo ¨normal¨ ? hay que ponerlo en duda. Y si rompiendo esta dinámica a la que nos tenían acostumbradas nuestras deportistas predecesoras, puedo conseguir que las que vienen puedan continuar su carrera deportiva por muchos años sin ser juzgadas. Porque la normalidad ya se empieza a contemplar con otros ojos. La maternidad ya no es el fin a las carreras profesionales, a que el cuerpo de una mujer puede seguir rindiendo aún pasados los 40 con trabajo, constancia y compromiso.
Cada año que sigo aquí no es una excepción a la regla, es la prueba de que la regla estaba mal planteada.
Así que cuando me preguntan ¨hasta cuándo?¨en realidad, podría responder con otra pregunta, como buena gallega: por qué asumimos que hay una fecha de caducidad para seguir haciendo algo que te encanta?
Nadie se pregunta eso sobre un árbol.
Nadie se pregunta eso cuando ve un arce frondoso, grande, de muchos años. Nadie lo mide por lo joven que es, se le respeta por los inviernos que lleva encima. En el deporte, en cambio, el cuerpo que envejece se convierte en sospecha.

Pero hay algo que la juventud no tiene, y a mí me ha costado media vida construir: sé interpretar mi cuerpo. Sé cuándo darle y cuándo parar. El miedo antes de los primeros Juegos Olímpicos y el miedo antes de los séptimos Juegos, no se parecen — el último, es más sabio, aunque duela igual.
Eso no se entrena en una temporada. Se acumula, palada a palada.
A veces me pregunto si idolatramos la juventud porque es más fácil de vender.
La promesa. El “todavía puede ser cualquier cosa”.
La veterana ya es una cosa concreta. Y lo concreto, ya está muy visto.
Pero yo no remo para las portadas. Remo porque cada año que sigo aquí, es una respuesta; no a los que dudan, sino a la Teresa de nueve años, que no sabía si llegaría hasta aquí.
Llegué…
… y sigo.
Teresa


